Advertencia: esta entrada se trata exclusivamente de Mi Vida, algo que me pasó y que creo debo compartir, tal vez su perspectiva me ayude a entender mejor las cosas, escribiendo me desahogo y me siento mucho mejor contándoles un momento clave de mi historia que me marcó y que ha dejado cicatrices.
Una tarde cualquiera se aproximan los recuerdos de mi niñez...
Una tarde cualquiera se aproximan los recuerdos de mi niñez...
Cuando era pequeña en época de vacaciones me quedaba donde
mi abuelo paterno, hace unos días he recordado una serie de imágenes que por
alguna extra razón quedaron grabadas en mi memoria.
Mi abuelo siempre fue una persona
académica y siempre nos reforzó la idea
de estudiar e ir escalando profesionalmente, todos sus hijos se encaminaron por
la rama del derecho (excepto la nieta/oveja con sus gustos por la biología),
mis vacaciones eran mezclas de tardes de estudio (porque nos dejaba tareas y
lecciones que memorizar) y las noches eran de juegos con los demás niños de la
cuadra (barrio). La figura de autoridad que tenía mi abuelo la conservó hasta
el final de sus días, un hombre fuerte y sabio.
Entre los gustos de mi abuelo se
encontraban: la lectura, los programas científicos (de algún lado tenía que
provenir mi gusto por la ciencia) y las matemáticas. Y es curioso, porque a
veces siento que quedaron en mí muchas cosas de él (ya que tenía mucha fluidez
y elocuencia al debatir y exponer ideas). Cuando recién murió podía escuchar en mi mente su voz y sabía que
probables palabras podría decir ante una determinada situación.
Yo no tuve al abuelo alcahueta
que me abrazaba, me llenaba de besos y me decía que me quería cada vez que me
veía, mi abuelo fue una persona que manifestaba su cariño de otra forma, él estaba
muy preocupado por nuestra educación así que siempre se esmeró en enseñarnos la
importancia que tenía ser profesional, ESA ERA SU FORMA DE QUERER. Esto es a lo
que yo llamo un amor con propósito, a veces queremos a las personas porque nos
nace del corazón y siempre queremos que les pasen cosas hermosas, sin ejercer
ningún tipo de presión en sus vidas, un amor desinteresado. En cambio el amor
de mi abuelo tenía una meta y era la de hacerte la mejor persona posible. En
este sentido te enseñaba cosas del espíritu, intelecto y de la vida.
Jamás fue un ser perfecto, nada
de eso, de hecho el contaba cuáles eran sus defectos y las consecuencias de ser
así, era malgeniado y terco. Y su juventud no fue nada fácil, tuvo una adolescencia
donde hubo maltrato y fue un hombre machista hasta cierta edad, pero podría llegar a decir que fue uno de los
primeros hombres que me enseñó la igualdad de género y que como mujeres
debíamos enfrentarnos a muchas situaciones de la vida que podrían llegar a ser
injustas pero que podríamos sortear mejor si estábamos muy bien preparadas.
Yo le tenía miedo a mi abuelo (era
extraño porque él siempre fue muy flexible conmigo y muy permisivo en cuanto a
temas de estudio y juegos, pero cuando era niña confundía el respeto con el
temor) de igual forma lo quería mucho porque veía la relación tan bonita que
tenía con mi papá, cuando los veía hablar y veía como mi papá sonreía sabía que
eso era amor y complicidad. Uno de los momentos que más llevo en el corazón fue
la vez que me quise cambiar de carrera, en lugar de criticarme o quitarme su
apoyo lo que le dijo a mi papá fue: “si eso es lo que ella quiere no la obligue
a estudiar algo que no le gusta” y le explicó en que ramas podía trabajar, y
eso significó mucho para mí.
Siempre que se acercaba la hora de su llegada entre 6 y 7 de
la noche, tenía miedo de no haberme aprendido la lección bien o de no haberme
portado como debía y que pudiera regañarme (jamás lo hizo)y me asomaba por la pared
de la casa a mirar si venía caminando a casa.
Mi abuelo era muy alto y siempre
estaba vestido de forma elegante, caminaba y se notaba la seguridad en cada
paso que daba, yo lo veía a lo lejos ya entrada la tarde con una bolsa de
limones (su cura para todos los males) en su mano, y mi corazón se llenaba de alegría por saber que iba
llegando a casa, teníamos 15 minutos antes que llegara y corríamos por toda la
casa a acomodar las cosas como a él le gustaban, esperábamos que comiera e íbamos
a pedirle permiso para poder salir a jugar. A veces nos hacía preguntas sobre
la lección que nos dejaba y jugar era nuestro premio.
A veces recuerdo esas tardes de mi niñez y las recuerdo con
mucho cariño, a veces quisiera poder asomarme un vez más por el muro y ver su
silueta a lo lejos sabiendo que ya va a llegar a casa.
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