Había olvidado contarles que hace unas semanas me fui a Boyacá porque estaba muy preocupada por ardilla, de un tiempo para acá había estado sintiendo como poco a poco el dolor lo iba transformando en algo oscuro y sombrío, y la idea de la muerte le susurraba cada noche. Así que sentí la necesidad de ir a verlo de decirle que no estaba solo, que aunque el panorama fuese desgarrador, podía contar conmigo, que podía acompañarlo a atravesar esos momentos de oscuridad.
Nos vimos y nos abrazamos porque siempre ha existido un cariño y complicidad que ha perdurado por los años. Sabía que él estaba entendiendo que estaba ahí porque quería darle un poco de mi fuerza, que podía tomar un poco de mi resiliencia, hacerla suya y combatir cada una de sus batallas. Nos reímos, dormimos juntos, estuvimos juntos y hablamos de muchas cosas como siempre lo hemos hecho. Entre copas me contó que la muerte lo seduce constantemente y que en algún momento decidirá aceptar tener un último baile con ella y que debía aceptar su decisión. Lo acompañé a sus planes y hacer las cosas que más disfruta. Volví a ver a sus amigos, compartí con ellos. Llegó el momento de la despedida. No pude contener la tristeza que sentía al dejarlo solo en medio de tanto dolor, empecé a llorar y le dije: No olvides que eres mi piloto. Y le dejé un regalo escondido debajo de la almohada que juntos destendimos durante esos días, en ese regalo estaba un portarretrato, una vela, tres carros hot wheels (porque le encantan) y una carta en la que le contaba una historia sobre el día de muertos.
Mientras iba en el bus de regreso, me di cuenta que al final él había comprendido lo que significaba en mi vida y lo que estaría dispuesta a hacer por hacerlo sentir bien por evitarle el dolor, sabía que él sentía el mismo amor por mi. Llegué a mi casa y me sentía algo extraña, supongo que la despedida te causa esa incomodidad cuando en realidad quieres estar en otra parte. Así que me acosté a pensar un poco en lo que había sucedido... miré la maleta que no había hecho el menor intento por desempacar.. y luego noté que la lampara junto a ella se veía rara. Me sentía confundida y sentía un gran vació en el pecho.
En ese momento me di cuenta que había regresado a la habitación que compartimos durante algunos meses llorando en la cama porque habíamos terminado y él había decidido irse a tomar con sus amigos, porque terminamos nuestra relación y él seguía pensando que no lo quería lo suficiente. Se mudó y me dejó a mi suerte porque nunca más iba a luchar por mi, incluso cuando lo aposté todo por él aun cuando mis amigos siempre me habían dicho que él no me convenía.
Parpadeé nuevamente y estaba en la habitación a la que me había mudado después de haber terminado con él, llevaba llorando durante tres meses sin parar, porque no sólo había perdido a la única persona que había amado en mi vida, sino que había tenido un problema en la universidad por una fiesta en la que estuvimos y en la que terminé peleando porque alguien había intentado hacerle daño, y ahí estaba yo... llorando... mientras él tomaba todos los días y se iba de fiesta. Con todo en contra, sola y con la peor reputación en mi universidad.
Un instante después estaba en la habitación de la persona que conocí cuatro meses después de nuestra ruptura porque me aterraba seguirme sintiendo sola, vacía y triste. Estaba ahí pero sabía que no iba a ser igual de feliz después de haber conocido a la persona que me había llenado el corazón... pero ya no quería seguirme sintiendo tan mal y tampoco sabía cómo estar sola.
Luego estaba almorzando en el sitio al que solíamos ir viendo como llegaba con su exnovia, porque habían regresado... y con la que duró dos años después que terminamos.
Dos años después iba caminando por la cuadra en la que estaba el edificio en el que vivía con la única mujer que él realmente había amado, iban bajando unas escaleras mientras él la subía a su espalda y la llevaba alzada mientras se reían, él volvería con ella infinidad de veces aún cuando habían tenido una relación tóxica de cuatro años y ella lo dejó solo en sus peores momentos.
Cuatro años después me encontraba en Palomino, viendo a la distancia que el rostro de mi novio se transformaba en el rostro de ardilla mientras paso a paso se iba acercando a mi y al que le decía: por qué te demoraste tanto en llegar?
Y después de esa cascada de recuerdos dolorosos volví al presente desgarrador. Estaba viendo la realidad tal como era, cruda.
Hice ese viaje en una circunstancia muy compleja porque su papá había muerto unos meses atrás, así que mi alegría por verlo pasaba a un segundo plano porque en realidad estaba más preocupada que feliz... Y por primera vez, noté las cosas que él me comentaba, que ya no es el mismo, que ha cambiado, que se siente vacío y triste. Es extraño ver como se refugiaba en risas vacías y en el alcohol. Pero indudablemente ya no era el mismo, no sabía quién estaba debajo de esa gruesa mascara que utilizada delante de los demás.
El primer momento que me causó molestia fue cuando me dijo que si había algún problema, por reunirnos a comer con la exnovia (con la que duró dos años) y su actual novio... Y aunque hice mi mejor esfuerzo, después estuvo haciendo chistes de la situación... tipo: me faltaba decirle a él (al nuevo novio de la ex), el único que me hace falta por comerme en ésta mesa es a ud... No entendía cuál era la necesidad de hacer un comentario tan insensible sobre eso.
De los tres días que estuve con él, dos estuvo tomando, en uno de ellos hasta olvidó lo que me dijo esa noche... ese día estuvimos juntos.. y al otro día me estaba hablando de las viejas que se había estado comiendo (lo cual contradecía su versión de que no había estado con nadie más en esos meses). Me sentí como un objeto... una más a la lista... cuando todo el tiempo le había dicho que no iba a eso... que iba por otra razón.. pero sólo fui otra mujer que se había comido en el año... Pero ahí estaba yo, intentando entender la frase que siempre me decía: eres la única mujer con quien puedo ser realmente yo.
En lo más profundo de mi corazón, ya empezaba a contemplar la posibilidad de que para él no era más que un objeto. Esa idea me perforaba el alma, pero siempre había algo más fuerte: el amor que sentía por él. Ese amor me llevaba a cauterizar cada herida antes de que pudiera siquiera sentir el verdadero dolor. Me convencía de que, si aguantaba un poco más, si daba un poco más de mí, él lo vería, entendería mi entrega, y ese amor sería suficiente para sanar todo. Pero en ese momento, mientras me hablaba de otras mujeres con una indiferencia que me helaba la sangre, me di cuenta de que mis esperanzas eran tan frágiles como yo misma.
Era como si todo ese cariño que sentía por él tuviera el poder de anestesiarme, de convertir cada golpe en una caricia tenue, cada desilusión en una oportunidad de demostrarle que estaba ahí para él, que yo no lo iba a dejar solo. Pero al final, él seguía siendo el mismo, y yo solo era una más en su lista, un nombre más en su colección de recuerdos vagos y noches vacías. Me di cuenta de que, por mucho que yo quisiera salvarlo, él no quería ser salvado. Y lo peor de todo, es que quizás, en ese proceso, también estaba perdiéndome a mí misma.
Así que ahí estaba, en mi habitación, rumiando los recuerdos y momentos compartidos. Saboreaba el dolor que emanaba de mi mente y de mi corazón... un sabor amargo que me consumía desde dentro. Mi corazón, siempre lleno de esperanza, jamás había sanado realmente, y la verdad era que la única que había amado de verdad había sido yo.
Por primera vez en nuestra amistad, sentí que la realidad pesaba más que todos mis sueños e ilusiones. Sus recuerdos, que antes me envolvían en un cálido consuelo, ahora solo traían un frío paralizador. La nostalgia que alguna vez me hacía sonreír, se había convertido en un abismo que me congelaba el alma. Y en ese instante, comprendí que todo lo que había creído, todo lo que había sentido, era solo una ilusión que había alimentado sola.
Así que acepté, después de diez años, con una sensación de ardor y vacío en el pecho, que esta historia nunca tendría un final feliz. Fue una aceptación amarga, pero necesaria, como si al soltarlo, por fin, pudiera empezar a respirar sin la presión constante de lo que nunca fue. La verdad es que, aunque mi corazón aún sangraba por lo que nunca llegamos a ser, entendí que el final feliz no siempre es el que esperamos, sino el que somos capaces de aceptar.
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