Hola,
¡Buenas noticias! Logré mudarme. Eso sí, fue con carreras, cajas de último minuto y una buena dosis de caos.
Mi novio venía el fin de semana porque iba al concierto de Kendrick Lamar (que al final cancelaron porque el estadio no tenía permisos medioambientales). Aproveché su visita relámpago para bajar el televisor, desarmar la cama y comprar más cajas, porque ya intuía que las que tenía no iban a alcanzar… ni de cerca.
La verdad, ya podría tener un diploma en mudanzas. Me he cambiado X veces (en la misma ciudad y entre ciudades), y aun así cada vez me invade el mismo fastidio existencial: empacar nunca se termina y siempre cansa más de lo que debería.
Si eres de los que odia este proceso tanto como yo, te dejo algo claro: mentalízate. Una mudanza no es rápida, no es sencilla y no termina en dos días, aunque quieras creerlo. Estuve empacando más de dos semanas y, aun así, llegó el gran día y todavía tenía la mitad de la cocina sin tocar.
Las cajas también fueron un tema. Creí que con cuatro bastaba, terminé comprando ocho. Consejo express: en las plazas de mercado venden cajas usadas en buen estado, más baratas y, de paso, ayudas al planeta.
El cansancio tampoco ayudaba. Dormía tarde, me levantaba sin energía y entre siestas improvisadas mi productividad desaparecía. A ratos parecía que la mudanza me estaba mudando a mí.
Y, como si todo no fuera suficiente, estaba lo del concierto. Entre cajas y cinta adhesiva aún guardaba la ilusión de ver a Kendrick. Conseguimos boletas (después de pelear con la página web), hicimos fila hora y media… y nada. Hasta que llegó la noticia: cancelado. El estadio estaba construido sobre un humedal y, claramente, sin permisos. Nos quedamos con los crespos hechos y yo con medio trasteo pendiente.
El fin de semana terminó en parche con amigos y casi sin dormir, porque mi novio debía estar en el aeropuerto a las 5 a.m. Yo me quedé en casa de su hermano hasta las 9, y de ahí directo a seguir empacando.
El lunes fue contrarreloj: futón, alacena, mesas de noche, llevar el gato al veterinario (spoiler: no le pudieron dar nada para calmarlo, porque vomitó un poquito al ver al médico). Resultado: el gato viajó despierto, maullando fuerte y asustadísimo durante el aterrizaje.
El camión pasó al día siguiente y, finalmente, estamos juntos. Ahora estoy instalada con mi novio, lista para empezar un nuevo capítulo. Mi novio me recibió en el aeropuerto con un ramo de girasoles, rosas y una Nezuko de bienvenida, me sentí tan feliz!
Porque así son las mudanzas: entre el cansancio, lo que no sale como planeaste y los conciertos cancelados, al final siempre hay un cierre y un inicio. Y eso, aunque pese, también ilusiona.
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